Universidad Católica Boliviana "San Pablo"

Team y dan clases en gimnasios. Tienen cuerpos de fisicoculturista pero rasgos finos, algo aniñados. Entrenan seis días a la semana, entre tres y cinco horas, y duermen al menos seis. Siguen la dieta paleo: no comen azúcar ni harina. Son compañeras de una chica que fue suspendida del grupo de elite por haber comido una papa rebozada. No toman alcohol, no fuman. No van a bailar. Llevan su propia comida a los cumpleaños. Sol desayuna batata al horno. Delfina lamenta no haber comido un huevo más para llegar a la cantidad de carbohidratos de hoy. Su vida está edificada en tres pilares: estudio, trabajo, entrenamiento. “Es motivador ir viendo cómo progresás. A mí me cambió mentalmente, porque rompo todo el tiempo mis límites. En época de parciales, cuando estoy tapada de estudio, me pongo un objetivo. Acá, en el box, pasa lo mismo”, cuenta Sol. Delfina asiente: “El desafío es constante. Sé que soy buena en algo pero también sé que puedo mejorar en otros aspectos. Eso trasladalo a la vida”. Pablo y Matías Rodríguez son los dueños de Código CrossFit. Conseguir el local donde armaron su box fue el final de un camino largo: primero improvisaron uno en el garage de su casa, se cruzaron a la plaza cuando ese espacio les quedó chico y después pidieron prestado el gimnasio de una escuela de Villa Urquiza. Hoy tienen un local amplio, a la calle, y 350 alumnos. A Pablo, profesor de Educación Física y coach de CrossFit, lo llaman “El Seco”. El explica porqué: “Yo no soy de alentar. En realidad no tengo mucho diálogo con mis atletas. Así como soy exigente conmigo, soy exigente con ellos. Hago las cosas bien. Hay un básico que tenemos que cumplir. Comer bien, por ejemplo. Si comen bien, no se los glorifica. Si comen mal sabiendo que no deben y admiten que se equivocaron, me voy a enojar un poco. Pero si comen mal y encima lo ocultan me voy a enojar mucho. Tiene que ver con la confianza, conmigo y con el grupo”. Eso también define el “sentimiento de comunidad” de esta disciplina: todos para uno, todos para el otro, todos para todos. En el fondo del gimnasio se acomodan los alumnos. Algunos son nuevos. “Yo voy a gritarles, pero no es personal”, avisa el coach. “En este box somos gente real / cometemos errores / somos respetuosos / nos divertimos / damos segundas oportunidades / hacemos las cosas con intensidad / somos pacientes / nos sacrificamos…” Es parte del manifiesto que está pintado en una de las paredes del box

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